En enero pasado visitamos la vieja fábrica de la calle 12 de Octubre en Mar del Plata, donde nació una de las principales microcervecerías argentinas, Antares. La planta ya no alberga muchos de los procesos actuales de la marca —trasladados a la nueva fábrica en un parque industrial, más acorde a las necesidades actuales de la empresa—, pero entre sus paredes aún puede sentirse y leerse la historia de la microcervecería y de gran parte del movimiento cervecero artesanal argentino.

Ya desde el comienzo, al atravesar el portón de chapa que resguarda el ingreso, hace las veces de centinela el primer equipo de cocción que utilizaron Leo Ferrari, Mariana y Pablo Rodríguez en sus comienzos, acompañado por una tabla de surf.

Inmediatamente después aparece el bar de la fábrica, inaugurado en agosto de 2013, y lleno como si aún fuese el día de su inauguración. Sobre la derecha se extiende la barra, y a la izquierda una enorme vitrina con botellas y recuerdos de todo tipo, entre los que destacan cervezas históricas de Antares y de otros cerveceros nacionales e internacionales, una suerte de memoria colaborativa.

El fondo está delimitado por un cristal que separa el bar de la fábrica, dejando ver el bloque de cocción y detrás, la sala de tanques donde ocurre la fermentación y la maduración.

Una vez en la fábrica propiamente dicha, el recorrido comienza por una pequeña sala a la izquierda de la olla de cocción. En estantes se apilan bolsas de maltas especiales, y un maletín con distintas muestras de ellas. Las bolsas ostentan marcas nacionales e internacionales, pero no siempre fue esa la realidad. En un comienzo, sólo se conseguía –y con dificultad—malta base, por lo cual en Antares se vieron obligados a experimentar en el malteado y tostado para obtener las distintas variedades especiales.

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Desde allí, una puerta hacia la izquierda lleva al patio de la fábrica. En él se aprecia el silo que guarda la malta base y una alta pila de barricas de madera, en las cuales tomaron forma las cervezas del Proyecto Barricas. Un cobertizo con insumos de limpieza y algunas macetas hechas con medios barriles completan el panorama.

Ya de regreso al interior de la fábrica, el paseo sigue por la sala de cocción, donde se impone la olla y los equipos para el tratamiento del agua vigilados desde un rincón por unos algo más pequeños tanques de levaduras, para continuar luego por el salón de fermentadores. Las tres hileras de tanques son un testimonio inoxidable del apogeo de Antares: una primera fila que data de las primeras tiradas a gran escala, seguida de una segunda y una tercera hilera que fueron agotando el espacio de la sala conforme evolucionaba la producción.

Para el final del recorrido aguardan el sector de embarrilado y la zona donde hasta hace poco residió la embotelladora, trasladada ahora a las nuevas instalaciones de Antares en el parque industrial. De esta manera concluye el recorrido, aunque el camino de Antares aún tiene mucha marcha por delante.